MEDITACION
 

¿Cómo nos ve Dios?
Novienbre 9, 2010 - Parte 1

 

i somos honestos podemos decir que nuestra vida está muy lejos de lo que Dios espera. Realmente contemplar nuestro pasado nos desanima y las luchas del presente nos ponen un gran peso, entre tanto que el mundo nos asedia para amoldarnos a su patrón.

Pero Dios anhela que tengamos una fuerte esperanza. Los testimonios de las Escrituras fueron escritos para llenarnos de esperanza. “Porque las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron, a fin de que por la paciencia [perseverancia] y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza” (Romanos 15:4).

Pablo nos afirma aquí que las Escrituras nos llenan de perseverancia y consolación, y estas producen esperanza en nuestra fe cuando enfrentamos responsabilidades grandes.

El autor de los Hebreos nos agrega, “Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió. Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras” (Hebreos 10:23-24). Guardaremos nuestra profesión, es decir, nos mantendremos firmes y sin fluctuar, al guardar nuestro corazón en el carácter de Dios. La Fe no se basa en bendiciones sino en la persona de Dios. Las bendiciones cambian, pero el carácter de Dios permanece para siempre.

Esperanza no es nada más que la seguridad sólida como roca que lo que Dios ha dicho es verdadero y que sucederá, aún cuando no hay nada más para respaldarlo que solamente Su Palabra. La Esperanza no depende de las circunstancias, de mi pasado ni de mi presente, sino de Dios, “porque fiel es el que prometió.”

Esperanza es una fuerza de victoria. Es esperar firmemente en Dios hasta que cumpla Su promesa. “Pues nosotros por el Espíritu aguardamos por fe la esperanza de la justicia” (Gálatas 5:4).

Abraham no se fortaleció en Fe al contemplar su cuerpo anciano o la esterilidad de su esposa Sara, esto es, sus circunstancias, sino que se fortaleció en Fe al contemplar la fidelidad del que prometió.

Él creyó en esperanza contra esperanza, para llegar a ser padre de muchas gentes, conforme a lo que se le había dicho: Así será tu descendencia. Y no se debilitó en la fe al considerar su cuerpo, que estaba ya como muerto (siendo de casi cien años), o la esterilidad de la matriz de Sara. Tampoco dudó, por incredulidad, de la promesa de Dios, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de que era también poderoso para hacer todo lo que había prometido [él estaba confiado en el carácter de Dios]; por lo cual también su fe le fue contada por justicia” (Romanos 4:18-22).

Cuando todo parece sin esperanza, cuando toda circunstancia es contraria, la Esperanza se aferra a la Fe, y la Fe se aferra a Dios mismo. La palabra griega para esperanza es elpis y significa esperar con anhelo, con placer, tener una fuerte expectativa y confianza.

El salmista reconocía el valor de la esperanza cuando escribió:
“Alma mía, en Dios solamente reposa, Porque de Él es mi esperanza. El solamente es mi roca y mi salvación. Es mi refugio, no resbalaré. En Dios está mi salvación y mi gloria; En Dios está mi roca fuerte, y mi refugio. Esperad en Él en todo tiempo, oh pueblos; Derramad delante de Él vuestro corazón; Dios es nuestro refugio.” – Salmo 62:5-8

Pablo me dice que hay esperanza para mí si aprendo del carácter de Dios en Su trato con los personajes bíblicos. ¿Qué hicieron ellos para tener éxito? Vamos a comenzar mirando a Abraham.

Abraham – El Padre de la Fe de todos los Verdaderos Creyentes.

Abraham fue escogido por Dios específicamente para ser un padre. En Génesis 12, él es llamado a ser el padre “de una gran nación” (los judíos), en Génesis 17, “el padre de muchas naciones” (incluyendo a los árabes), y en Gálatas 3 y 4, Pablo explica que toda esta figura física era una sombra de su llamado ultimo – ser el padre de la fe de todos los verdaderos creyentes en Jesucristo.

Si nosotros somos de la fe, entonces somos hijos de Abraham. “Así que, hermanos, nosotros, como Isaac, somos hijos de la promesa” (Gálatas 4:28).

Así que Abraham hoy en día es muy reverenciado entre las naciones, entre los judíos, los musulmanes, y los cristianos. Él es el padre más prolífico que haya existido, el más grande.

Si Dios escogió a Abraham de entre los paganos de Ur de los Caldeos, y luego lo llamó, y cumplió ese llamado en la vida de Abraham, entonces ¿qué podemos aprender de él para poder alcanzar nuestro llamado? ¿Cómo lo logró? ¿Qué cualidades desarrolló que lo guiaron al éxito?

Así cómo una mirada en nuestro pasado y nuestro presente nos choca, una mirada en la vida de Abraham nos asombrará.

Primero, vemos que el trasfondo de Abraham lo preparó en nada para su llamado de una vasta familia de hijos espirituales. Él creció en una familia y en una cultura de adoradores de ídolos, y con un padre controlador. De Génesis 11 y 12 aprendemos que Dios habló a Abraham y le dijo que dejará su parentela y se fuera a la tierra que Dios le mostraría, en donde le haría el padre de una gran nación. En ese momento él era de setenta años de edad, casado, y todavía viviendo bajo la influencia dominante de su padre Taré.

Al escuchar del nuevo plan de Abraham, Taré prontamente se invitó a sí mismo juntamente con su nieto Lot. Obsérvese que la Biblia no dice que Abraham tomó a Taré y a Lot, sino que Taré tomó a Abram y a Lot. “Y tomó Taré a Abram su hijo, y a Lot hijo de Harán, hijo de su hijo, y a Sarai su nuera, mujer de Abram su hijo, y salió con ellos de Ur de los caldeos, para ir a la tierra de Canaán; y vinieron hasta Harán, y se quedaron allí. Y fueron los días de Taré doscientos cinco años; y murió Taré en Harán” (Génesis 11:31-32).

En la larga jornada que partieron, Taré desvió la familia a Harán, donde su otro hijo Nacor vivía con su familia, quien vivía felizmente continuando con la tradición de la familia de adorar ídolos.

Y dice la Biblia que se quedaron allí. Esto es, Abraham tuvo que esperar que su padre muriera. Qué tremendo retraso. Pero lo más seguro que Abraham hubiese mansamente vivido sus días en Harán si Taré no hubiese muerto cinco años después que llegaron allí.

Después de la muerte de Taré, ahora Abraham estaba libre para seguir el llamado de Dios sin “oposición” de su familia.

Segundo, el pecado acosador de Abraham. Lo que es obvio en la vida de Abraham era su gran pecado acosador, pecado que hace su primera aparición en Génesis 11. Ese pecado era el temor del hombre. Es realmente una expresión de incredulidad, y saca su cabeza fea una y otra vez en la trayectoria de Abraham.

En lugar de decirle a su padre Taré, “No, es a Canaán que he sido llamado y a Canaán vamos mi esposa y yo solos”, el rugido de ese temor lo gobernó permitiendo que Taré controlara a toda su familia. Otros ejemplos claros nos confirman que ese temor se había hecho una fortaleza en Abraham.

Más tarde en Génesis 12, Abraham tenía temor de Faraón, aún exponiendo a su propia esposa para salvar su vida. “Ahora, pues, di que eres mi hermana, para que me vaya bien por causa tuya, y viva mi alma por causa de ti” (v.13). Ese es el colmo del temor, el cual lo llevó a cometer acciones tan bajas.

Una vez más la cabeza fea del temor salio en la vida de Abraham en Génesis 16. Él aceptó el plan de Sara de allegarse a su sierva Agar. “Dijo entonces Sarai a Abram: Ya ves que Jehová me ha hecho estéril; te ruego, pues, que te llegues a mi sierva; quizá tendré hijos de ella. Y atendió Abram al ruego de Sarai” (v.2). No sabemos exactamente por qué Abraham no contradijo a su esposa, pero ciertamente encontramos allí temor, quizá temor de no perder la armonía. Y ese temor lo arrastró a la incredulidad e impaciencia de su esposa, actuando en la carne para llevar a cabo la promesa de Dios de tener un hijo.

En Génesis 17 aún encontramos Abraham rogándole a Dios que aceptará a Ismael, el fruto de su incredulidad con Agar, como el cumplimiento de la promesa de Dios. “Entonces Abraham se postró sobre su rostro, y se rió, y dijo en su corazón: ¿A hombre de cien años ha de nacer hijo? ¿Y Sara, ya de noventa años, ha de concebir? Y dijo Abraham a Dios: Ojalá Ismael viva delante de ti” (vv.17-18).

En Génesis 20, un poco antes de que Dios cumpliese Su promesa con el nacimiento milagroso de Isaac, el temor acosador de Abraham volvió a golpear al exponer a Sara para el harem del rey Abimelec. Volvió el mismo pecado que había cometido hace 25 años atrás. “Y dijo Abraham de Sara su mujer: Es mi hermana. Y Abimelec rey de Gerar envió y tomó a Sara” (v.2).

El Temor de hombre es el resultado de querer controlar nuestra vida. Adán y Eva quisieron ser como Dios, tomando el control de sus vidas, y terminaron cargados de miedo y se escondieron de la presencia de Dios.

El temor de hombre es una fuerza destructiva que nos esclaviza, destruye nuestro destino, y lleva en sí castigo, esto es, nos hace gran daño. “Pues nohabéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor…El temor del hombre pondrá lazo… porque el temor lleva en sí castigo. De donde el que teme[el espíritu de miedo], no ha sido perfeccionado en el amor” (Rom. 8:15;Pro. 29:25;I Juan 4: 18). El espíritu de temor es de servidumbre y muerte.

El temor de hombre y su falta de fe en Dios para protegerle estaba todavía en exhibición a todo ver en la vida de Abraham. Le pregunta que resalta entonces es: ¿Cómo pudo Dios soportar esto? ¿Cómo pudo Él soportar a un hombre tan débil, vacilante y cobarde? Ciertamente un pecado tan persistente en la vida de Abraham lo descalificaría de ser usado por Dios en Su gran plan, ¿no es cierto?

¿No te sientes muchas veces así? “¿Cómo Dios me puede aceptar con mis continuas faltas?”, te preguntas. Después del incidente en Egipto, lo más probable que Abraham se propuso juntamente con Sara no volverlo hacer, pero 25 años más tarde, “el Padre de naciones” escogido por Dios, todavía cae bajo las garras del temor. ¿Te identificas?

La Opinión de Dios acerca de Abraham.
Hemos visto que el horrible temor de hombre en la vida de Abraham lo acosó continuamente y esto lo llevó a hacer acciones muy horribles, y a nuestro parecer esto lo descalificaría delante de Dios para ser un padre ejemplar para muchas generaciones por venir.

Pero gracias a Dios, Él no piensa así. Lo que es imposible para los hombres es posible para Dios. El pecado de Abraham no lo descalificó delante de Dios. Dios sí usó a Abraham, y lo constituyó tal como había prometido, el padre de muchas naciones físicamente y el padre de todos los creyentes espirituales, el padre más prolífico que jamás haya existido.

Abraham no podía dañar el plan de Dios porque no dependía de su esfuerzo personal sino de Aquel que lo llamó. Su destino dependía en la Elección Incondicional de Dios.

“Así también aun en este tiempo ha quedado un remanente escogido por gracia. Y si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia. Y si por obras, ya no es gracia; de otra manera la obra ya no es obra” (Romanos 11:5-6).

A nosotros nos cuesta aceptar esta majestad de Dios porque siempre luchamos por ser aceptados. Pero Dios nos acepta en base de Su elección. Su elección nos hace aceptable delante de Él y no algo nuestro.

¿Qué es la Elección Incondicional?
Es la doctrina más importante de las Escrituras, de ella se desprende todas las otras doctrinas. Una elección condicional es una elección que está condicionada por algo que hay en la persona que es elegida. Por ejemplo, cuando un muchacho le propone matrimonio a una joven, su elección está condicionada a la aprobación de ella. El muchacho la eligió a ella, pero ella condiciona su elección.

Por naturaleza, la mayoría de las elecciones humanas son siempre elecciones condicionales, ya que la voluntad del elegido determina la efectividad de la elección. Por el corazón depravado, el mundo ama condicionalmente. Básicamente es, “Yo te amo si me traes beneficio”. “Eres mi amigo hasta que me sigas haciendo bien”. Este tipo de relaciones es enferma y esclavizante.

Pero, por sorprendente que pueda parecer, la elección divina es siempre elección incondicional. Dios nunca basa su elección en lo que el hombre piensa, dice, hace o es. Dios nos amó por el efecto de Su voluntad. Él nos amó sin haber nada en nosotros digno de ser amado. Él nos amó estando muertos en delitos y pecado. Ese es el Supremo Amor del cual tenemos que ser perfeccionados para vencer cualquier temor. Dios nos eligió para mostrar Su gran Amor. Tan sólo tome como ejemplo el amor incondicional de Jesús por Pedro, aún cuando éste le negó y le abandonó en el momento más crucial de Jesús.

Aunque sabemos el motivo de Dios al hacer su elección, esto es, por el puro afecto de Su voluntad para alabanza de Su gloria, no sabemos en qué basa Dios su selección, pero ciertamente no es algo que esté en el hombre. No es que ve algo bueno en un hombre específico, algo que induce a Dios a decidir elegirlo. La elección de Dios no depende de nada de lo que el hombre hace.

La elección de Abraham fue hecha, no en virtud de prever la fe y la obediencia a la fe, la santidad o alguna otra buena cualidad o aptitud, como causa o condición, sino que él fue elegido para la fe y la obediencia a la fe, para la justificación, para la santidad.

Él fue elegido para un poderoso milagro: para creer. Nosotros tomamos esto muy livianamente, pero el creer es uno de los milagros más grandes de Dios. Toma de un Dios Todopoderoso para hacer que criaturas tan depravadas totalmente como nosotros llegasen a creer. Eso sí que es digno de celebración.

Por consiguiente, la elección es la fuente de todo bien salvador de la que proceden la fe, la justificación, la santidad y otros dones salvíficos y, finalmente, la vida eterna misma, conforme al testimonio del Apóstol: "... Según nos escogió en Él antes de la fundación del mundo (no, porque éramos, sino), para que fuésemos santos y sin mancha delante de Él" (Efe. 1:4).

La Vida Eterna no comienza con la Fe, comienza con la Elección. Dios te llamó con Su Gracia Irresistible que te otorgó el creer después que te escogió.

¿Y no es esto maravilloso? Supongamos que la elección que Dios hace para la vida eterna se basara en algo que teníamos que ser o pensar o hacer. ¿Quién se salvaría entonces? ¿Quién podría presentarse delante de Dios y decirle que ha hecho alguna vez algo siquiera por un instante, que fuera realmente bueno en el sentido más profundo de esta palabra? Todos nosotros estamos muertos en nuestros pecados y transgresiones (Efe. 2:1-11).

No hay nadie que haga el bien, nadie, ni siquiera uno (Rom. 3:9-20). Si la elección de Dios se basara en una sola cosa buena que se encuentra en nosotros, entonces nadie sería elegido. Entonces nadie iría al cielo; todos irían al infierno, porque nadie es bueno. Por lo tanto, agradezcamos a Dios Su elección incondicional.

Dios eligió a Abraham para ser padre de naciones, y Él en Su soberanía y eterno poder lo cumpliría. Pero alguien puede argumentar, “Pero después de todas las acciones de Abraham, Dios usaría a Abraham de mala gana, ¿no es cierto? Seguro que Dios cumplió Su promesa a Abraham, pero ciertamente Dios debe haberse decepcionado en la incapacidad de Abraham para conquistar ese pecado horrible que le acosaba continuamente. ¿No era su temor de hombre una expresión vívida de una falta de fe en Dios?”

Amados, no dejemos que nuestra mente finita nos ponga los pensamientos y el sentir de Dios hacía Abraham. Más bien permitámosle a Él que nos lo diga. ¿Qué pensaba Dios de Abraham? ¿Cómo podemos saber de seguro lo que Dios pensaba de la falta de fe de Abraham? ¿Cómo Él no se decepcionó de Abraham?

Escuchemos lo que Dios pensaba de Abraham, alrededor de 2,000 años más tarde, cómo Dios lo recuerda a través de la carta de Pablo a los Romanos:

 “[Abraham] no se debilitó en la fe al considerar su cuerpo, que estaba ya como muerto (siendo de casi cien años), o la esterilidad de la matriz de Sara. Tampoco dudó, por incredulidad, de la promesa de Dios, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de que era también poderoso para hacer todo lo que había prometido; por lo cual también su fe le fue contada por justicia.”          – Romanos 4:19-22

Eso es lo que piensa Dios de Abraham. Este anciano sin posibilidad alguna en sí mismo, con todas sus faltas y fallas, siendo prácticamente como muerto [de valor cero], creyó a Dios, plenamente convencido en Dios.

Ese es el milagro que estoy hablando: Abraham creyó a Dios. Y eso mismo es lo que Dios está haciendo en nosotros.

Observemos muy bien, en toda la trayectoria de Abraham, con todos sus altos y bajos, él estaba en la Escuela de la Fe. ¿Qué le estaba enseñando Dios? ¿Fe a qué? Dice: “plenamente convencido de que era también poderoso para hacer todo lo que había prometido”.

Abraham fue escogido para tener Fe en la persona de Dios, en Su carácter confiable y no en la bendición. En el diario caminar con Dios, él aprendió a conocer a Dios. Aprendió que Dios aunque incomprensible a nuestra mente, es confiable en nuestro corazón. Aprendió que Dios aunque temible, majestuoso y trascendental, era personal en Su amor. Su fe no se debilitó sino que se fortaleció porque consideró que Dios es Fiel. Esa fue la Fe que le fue contada por justicia. No una fe en milagros y bendiciones, sino una fe que conoce a Dios mismo. Abraham conocía a Dios. Él creyó a Dios no por la promesa sino por Dios mismo.

Y fue por esa fe, ese conocerle íntimamente, que Dios llamó a Abraham: ¡Amigo de Dios! No hay mayor titulo ni logro en el cielo ni en la tierra que ser amigo de Dios. Santiago nos los dice bien claro: “Y se cumplió la Escritura que dice: Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia, y fue llamado amigo de Dios” (2:23). Él dice que Abraham creyó a Dios. Es decir, él creyó en la persona de Dios. Ese creer conlleva una relación. Alguien es confiable en tu corazón después que tú lo conoces. ¿Cómo vas a confiar en aquel que no conoces?

Por ello es que muchos tropiezan en la Ley y sus mandamientos porque se acercan a reglas y códigos y no a una Persona. Estos ven la letra de la ley pero no ven el espíritu de ella, es decir, no ven el corazón de Dios en cada mandamiento. Toda la Ley, los profetas, los escritos (Salmos, Proverbios, Cantares, y Eclesiastés), los evangelios y las epístolas nos presentan la revelación de la Persona gloriosa de Jesucristo. El que tumbó a Saulo de Tarso del caballo no fue una tabla de piedras sino una Persona. Saulo estaba saturado de códigos y reglas, pero estaba vació de Dios. Gracias a Dios por Sus bendiciones abundantes y la promesa del cielo, pero nosotros fuimos llamados a conocerle a Él, a caminar con Él y amarle.

"¿Me estas bromeando? ¿Es éste el mismo Abraham que se registra en Génesis? ¿Cómo puede ser esto posible?" Así es, así es cómo Dios recuerda a Abraham, cómo un gran hombre de Fe.

Vemos la Fe de Abraham creciendo lentamente en su vida. Él creyó a Dios para salir de su nación y dejar su parentela a una tierra desconocida. “Por la fe Abraham, siendo llamado, obedeció para salir al lugar que había de recibir como herencia; y salió sin saber a dónde iba” (Hebreos 11:8). Su llamado produjo obediencia. Abraham no produjo la obediencia, sino que el llamado mismo le dio el deseo de creer y el creer mismo, produciendo en él el querer y el hacer por la voluntad del que lo llamó.

Vemos la Fe de Abraham, que aunque era muy prosperó, habitó como forastero en tiendas. “Por la fe habitó como extranjero en la tierra prometida como en tierra ajena, morando en tiendas con Isaac y Jacob, coherederos de la misma promesa” (v.9). Y la Biblia nos dice el por qué él escogió habitar en tiendas. “Porque esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios” (v.10). Su diario vivir era una expresión del tesoro en su corazón. Él esperaba una mejor herencia. Ese habitar en tiendas le capacitó para ver las mejores riquezas, las eternas.

Por la fe Abraham se circuncidó a sí mismo y a todos los de su casa como símbolo de estar en Pacto con Dios. El intercambio de sangre de los dos organismos es, entonces, equivalente al intercambio de las vidas, de las personalidades, de las naturalezas, que hay, de ahora en adelante, una vida en dos cuerpos, una vida común entre dos amigos.

Y por la fe Abraham creyó en esperanza contra esperanza, esto es más allá de las circunstancias propias de ser anciano y la esterilidad de su esposa, creyendo que era FIEL (carácter) el que había prometido. “Por la fe también la misma Sara, siendo estéril, recibió fuerza para concebir; y dio a luz aun fuera del tiempo de la edad, porque creyó que era fiel quien lo había prometido. Por lo cual también, de uno, y ése ya casi muerto, salieron como las estrellas del cielo en multitud, y como la arena innumerable que está a la orilla del mar” (vv.11-12).

Y la mayor evidencia de victoria contra todo temor en la vida del patriarca la encontramos cuando por la fe, siendo probado por Dios, ofreció a su hijo Isaac en sacrificio a Dios, creyendo que Dios era FIEL (carácter) para volverlo de los muertos. ¡Qué poderosa Fe! Está es la Fe que Explota.

Fue aquí que el ángel de Dios se le aparece y lo detiene de hacer algún daño al muchacho. Observemos la declaración del ángel: “Y dijo: No extiendas tu mano sobre el muchacho, ni le hagas nada; porque ya conozco que temes a Dios, por cuanto no me rehusaste tu hijo, tu único” (Génesis 22:11).

¿Qué vio aquel ángel que agradó tanto a Dios? Vio que Abraham puso a Dios por sobre todo otro valor, inclusive muy por encima de su propio hijo Isaac. ¿Qué es el temor de Dios? Es escoger a Dios como nuestro mayor tesoro. Es la evidencia real de ser libre de todo otro temor. “En el temor de Jehová está la fuerte confianza; Y esperanza tendrán sus hijos” (Prov. 14:26)

El Valor Cero. Obsérvese que de uno que era casi muerto, salieron multitudes. Durante veinticinco años, Dios llevó a Abraham a ser cero, a ser un punto insignificante. Cada día que pasaba había menos de Abraham y menos de Sara. Cada día que pasaba era más imposible cumplir la promesa. Cuando llegamos a ese pequeño punto de la nada de nosotros, pero creyendo en el carácter de Dios por gracia del Espíritu, se produce la Fe que es contada por Justicia, la Justicia que viene de Dios solamente y nada de los hombres.

Por eso es que Abraham es nuestro padre espiritual, porque esa es la enseñanza que tenemos que aprender de él.

Un padre es aquel que enseña a sus hijos. ¿Qué me enseña Abraham entonces? A tener una fe que me sea contada por justicia. ¿Qué pudo producir la nada de Abraham? Pues exactamente nada, pero es allí que el Autor y Perfeccionador de la Fe produjo algo glorioso en todo el universo: Una Fe como un grano de mostaza.

Cuando Dios te escogió a ti y a mí, nos escogió para eso mismo, para Él producir un Fe de un grano de mostaza. Y es muy cierto que ahora ves tus continuos traumas, luchas, caídas y derrotas, pero todo eso es parte de la escuela de la nada, para que cada día mueras a tu jactancia, a tu prepotencia, a tu orgullo, a tu vanidad, a tus derechos y demandas, a tu lógica, a todo tu ego. Y entre más te acercas a la nada, más se fertiliza tu corazón para que Dios produzca algo tan pequeño y escondido, algo que nadie puede percibir al comienzo, una fe de un tamaño insignificante, como un grano pequeñísimo de mostaza, pero que fertilizado por el Espíritu de Dios, se hace la mayor hortaliza de toda tu vida.

“El reino de los cielos es semejante al grano de mostaza, que un hombre tomó y sembró en su campo [en su corazón]; el cual a la verdad es la más pequeña de todas las semillas; pero cuando ha crecido, es la mayor de las hortalizas, y se hace árbol, de tal manera que vienen las aves del cielo y hacen nidos en sus ramas” (Mateo 13:31-32).

La historia de Abraham es la historia del trato de Dios con este hombre llevándolo a la nada para producir una pequeña Fe, la cual aunque pequeña era más que suficiente para Dios para imputarle la Justicia de Dios que es por la fe en Jesucristo.

Dios no está pidiendo grandes cosas de nosotros sino más bien la nada de nosotros. Pero cómo nos gusta ser alguien, como nos gusta ser reconocidos, venerados, levantados y ser el centro. Como dice mi sobrino Daniel LaFaurie, "nos gusta el volumen". No queremos ser un punto insignificante. Siempre queremos más de lo que necesitamos, y aún pedimos a Dios que nos haga alguien importante, esto es, una figura voluminosa. Pero entre mas tenemos de nosotros, menos tenemos de Jesús.

Una vez más citando a mi sobrino Daniel, “Nuestro poder es inversamente proporcional a la medida de nuestro ser.” Es decir, entre más tengo de mi, menos tengo del poder de Dios, y viceversa.

Cuando Abraham salio de su nación, dejando a su familia y la tradición de adorar ídolos, algo murió en él. Menos de Abram se encontró. Cuando habitó como forastero en tiendas, otro medida de él murió. De igual manera cuando cortó su prepucio cómo señal de pacto con Dios. Y sobretodo cuando intentó sacrificar a su hijo, fue la mayor evidencia de la nada. ¿Sabías que el temor de hombre no haya lugar en nosotros cuando somos nada? “Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado” (Romanos 6:7). Así como es absurdo e imposible que un policía de transito le de un boleto de cargo a un conductor muerto por un accidente, así el pecado no haya lugar en un muerto. La ley no se enseñorea de nosotros cuando estamos muertos.

Aún en los fracasos mencionados anteriormente, Abraham se daba cuenta de lo aborrecible de su corazón y de sus acciones.

En fin, cada paso que deba, ya sea de victoria o derrota, lo llevaba a ser nada, hasta el punto de ser cambiado su nombre de Abram a Abraham. “Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas [sean buenas o sean malas] les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a Su propósito son llamados” (Romanos 8:28).

Pablo nos dice que los que aman a Dios, esto es, los que han perfeccionado su amor al recibir primero el Amor de Dios en Su llamado, todo lo ayuda a bien. Nosotros amamos a Dios porque Él nos amó primero, y en esto se perfecciona el amor en nuestros corazones, al ver el Amor de Dios por nosotros. Y el perfecto amor vence todo temor.

“En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor; porque el temor lleva en sí castigo. De donde el que teme, no ha sido perfeccionado en el amor” (I Juan 4:18).

Ahora razonemos, ¿logró finalmente Abraham vencer el temor? Si él obtuvo una fe tan pequeña como un grano de mostaza pero tan poderosa para ser contada por Justicia de Dios, ¿logró esa fe vencer el temor? La Biblia dice que la victoria que vence al mundo es nuestra fe (I Juan 5:4), ¿obtuvo Abraham esa victoria finalmente? ¿Fue él un más que vencedor, cómo dice Pablo?

Vemos en la vida de Abraham victoria contra el temor del hombre cuando habitó en tiendas con toda su familia como símbolo de heredero. De igual manera, vemos victoria contra el temor cuando salio a rescatar a su sobrino Lot luchando contra varios reyes poderosos con tan sólo 318 siervos nacidos en su casa. Vemos su victoria contra el temor del hombre cuando rehúsa tomar algo del rey de Sodoma y de Gomorra, para que no digan que ellos lo enriquecieron.

Pero vemos la verdadera victoria de la Fe cuando Abraham intenta sacrificar a su amado hijo Isaac. Esta fue la prueba de su fe, donde obtuvo juramento de Dios. “Para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo” (I Pedro 1:7).

La Fe última de Abraham era mucho más preciosa que el oro. Ahora él tenía algo que no perece. Ahora tenía el mayor tesoro, y podía agradar a Dios. “Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan” (Hebreos 11:6).

Pero vemos algo mayor que Abraham mismo. Vemos a Dios. No es tanto los hombres grandes de Dios como el Dios grande de estos hombres. Vemos que Dios es FIEL a los que llama. Sólo Dios sea glorificado. ¿Puedes ver que Dios se glorifica en medio de nuestras debilidades e imperfecciones? La naturaleza de Abraham es la condición adecuada para que el poder de Dios se perfeccione, para que Él se lleve toda la gloria.

Con razón Pablo nos afirma, “Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo. Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (II Corintios 12:9-10).

¿Estas interesado en tu habilidad o en la habilidad de Dios? Ese es el pensamiento aquí. Dios le está diciendo a Pablo que Él es capaz. La palabra que Pablo usó aquí es la raíz para la palabra dinámico, y siempre está asociada con la idea de ser capaz de llevar a cabo algo.

Simplemente piensa en la manera al revés que Dios se revela a Sí mismo en este mundo. Dios dice que Su habilidad es revelada en nuestra inhabilidad. Dios toma la oportunidad para demostrarse en lo que yo no puedo hacer. Es más, la Biblia nos enseña que cuando actuamos en nuestro poder, Dios se retira pero cuando estamos sin esperanza e incapacitado, Dios se revela.

¿Por qué Dios se comporta de esta manera? ¿Por qué no derrama Su poder agregándola a nuestra fortaleza? La respuesta tiene que ver con Su Gloria. Dios conoce nuestra profunda tendencia para tomar el crédito. Y Dios no comparte Su Gloria. Así que Él escoge no actuar cuando nos creemos fuertes y estamos en control.

Él no demuestra Su poder cuando pensamos que todo lo que necesitamos es un pequeño empuje de parte de Dios. Dios no ayuda a aquellos que se ayudan a sí mismos. Él ayuda aquellos que vienen a Él pobres y menesterosos. Esta era la posición que David continuamente se presentaba. “Este pobre clamó, y le oyó Jehová, Y lo libró de todas sus angustias” (Salmo 34:6). “El levanta del polvo al pobre, Y al menesteroso alza del muladar” (Salmo 113:7).

Esto es lo al revés del reino: Dios da Su Reino a los que no tienen fuerzas, a los que están en bancarrota espiritual. “Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos” (Mateo 5:3).

Servimos al Dios de los don nadie. Cuando yo aprendo a ser nada, entonces Dios me hace en algo glorioso. Mi camino es el camino de los humildes, los que tienen deficiencia del yo. Satanás dijo, “Yo subiré”, más Jesús dijo, “Yo bajare”. Dios llena el vaso vació, no el que esta medio lleno.

Todos sabemos que queremos esconder nuestras debilidades, fallas y temores y siempre presentarnos como el Don Alguien. Pero la perspectiva bíblica es al revés de lo que las personas perciben y aprecian. Dios no celebra los logros humanos sino sus fallas. Dios es atraído a la debilidad. Él se revela con poder y salvación cuando yo he llegado al final de mi cuerda, a mi callejón sin salida.

La Biblia no es la historia de Dios ayudando a nuestro potencial, sino que es la historia de Dios usándonos a pesar de nuestras fallas.

Dios pone las cosas al revés. La única estrella digna de celebración y exaltación es Jesús: El hombre que fue rechazado, humillado, traicionado, abandonado, despreciado, odiado y asesinado. El hombre que enseñó que el camino a la grandeza era hacerse siervo (esclavo), que el servicio a los otros era todo lo que contaba, que la santidad era el único tesoro valioso para alcanzar, y que la obediencia era el único camino a la paz.

¿Por qué Pablo tenía buena gana y sumo placer en sus debilidades?
La razón es muy simple: Donde nosotros tengamos la mayor necesidad, Dios se revela con la mayor provisión. Pablo miraba al menú de su vida, y podía ver que Dios lo había invitado a cenar en la mesa del Rey. Solamente los que ven sus debilidades con gran celebración pueden cenar allí.

Pero muchos resisten a Dios, diciéndole que tienen que despojarse de esta grieta, y quitarse aquella falla. Pero Dios nos dice, “Eso es exactamente lo que necesito de ingrediente para preparar una Gran Cena y muchos comerán. Simplemente gózate en extremo que las tienes y toma asiento en mi festín.”

Dios tomó hombres con grandes grietas como Abraham, Moisés, David, etc, y los usó para Su Gloria. No se trataba de los grandes hombres de Dios, sino el Dios grande de estos hombres pequeños. “Mirad a Abraham vuestro padre, y a Sara que os dio a luz; porque cuando no era más que uno solo lo llamé, y lo bendije y lo multipliqué.  Ciertamente consolará Jehová a Sion; consolará todas sus soledades, y cambiará su desierto en paraíso, y su soledad en huerto de Jehová; se hallará en ella alegría y gozo, alabanza y voces de canto” (Isaías 51:2-3).

Nosotros pensamos que tenemos que traer a Dios lo mejor de nosotros, e intentamos despojarnos de aquellas cosas que nos estorban, y cuando nos percatamos que no podemos nos frustramos. Y Dios simplemente nos sonríe esperándonos al final de nuestros esfuerzos. El festín que Él quiere preparar necesita los ingredientes que justamente ahora tenemos.

Yo me puedo gozar de buena gana de mis debilidades solamente cuando comprendo que mis debilidades es la sustancia que Dios usa para proclamar las maravillas de Jesús. Es a través de mis fallas, mis errores, mis luchas en que Jesús es glorificado, porque el Padre toma lo desechado del mundo y hace gloria de ello, para alabanza de la gloria de Su Hijo.

Espere la segunda parte de esta meditación….

 

                                     Siendo Nada …
                                                                                 Dr. Johel LaFaurie  
   

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