MEDITACION
 

El Cuadro Glorioso de la Expiación
- A la edad de nueve años -

Octubre 1, 2010

 

stando muy niño en una ocasión fui llevado por mi madre a un "museo de arte". Iba muy alegre de la mano de aquella mujer de la cual confiaba totalmente, pero cuando me acercaba al lugar, sentí un dolor muy extraño y me puse a llorar.

Sentí la convicción del pecado, y me inundó totalmente; tuve a la vez una profunda y aguda sensación de la justicia de Dios.

El pecado, sea lo que sea para otros, fue para mí una carga intolerable. No se trataba tanto de que temiera la ira venidera, ya que en se entonces no lo entendía, sino que temía el pecado. Sabía que era yo  horriblemente culpable y recuerdo sentir que si Dios no me castigaba por el pecado, en realidad debería hacerlo. Sentí que el Juez Justo, el Juez de toda la tierra, debería condenarme por todos mis pecados.

Sentí algo por dentro, inexplicable, que se puso como juez, y me condenó a morir, a una criatura tan culpable como lo era yo. Y sentí la sentencia justa que me enviaba a lo más profundo del infierno. Sentía que no podría satisfacer mi conciencia de ninguna manera. Los pecados que había cometido tenían que ser castigados.

Sin embargo, a la vez, me pesaba en la mente una profunda preocupación por honrar el nombre de Dios y por la integridad de su gobierno moral.

Fue entonces que el guía del museo me hizo la pregunta de cómo podía Dios ser justo y a la vez justificarme a mí que era tan culpable. Preguntó a mi corazón: “¿Cómo puede ser justo y a la vez el Justificador? (Rom. 3:26).

Me preocupaba y sentía la carga de esta pregunta, y no podía ver una respuesta. Por cierto que nunca hubiera podido inventar una respuesta que satisficiera mi conciencia.

La doctrina de la expiación es, a mi entender, una de las pruebas más confiables de la inspiración divina de las Sagradas Escrituras. ¿A quién se le hubiera ocurrido que el Soberano Justo muriera por el rebelde injusto?

Esta no es una enseñanza de la mitología humana ni el sueño de una imaginación poética. Este método de expiación es conocido entre los hombres sólo porque es un hecho. La ficción no podía haberlo inventado. Dios mismo lo ordenó. No es algo que hubiera podido ser fruto de la imaginación.

Yo había escuchado, desde muy pequeño, acerca del plan de salvación por medio del sacrificio de Jesús, pero no sabía mucho acerca de Él en lo más profundo de mi alma.  Había escuchado acerca de Jesús pero en realidad no le conocía.

Aquel guía me explicó y me vino como una revelación nueva, tan nueva como si nunca hubiera escuchado antes, que Jesús había sido declarado como “propiciación por nuestros pecados” (1 Juan 2:2), a fin de que Dios fuera justo.

Sintiéndome inquieto ante la posibilidad de que un Dios justo pudiera perdonarme, fui iluminado por Dios para comprender y ver por fe que Él, que es el Hijo de Dios, se hizo hombre, y en Su persona bendita cargó con mis pecados en su propio cuerpo sobre el madero. Vi que el castigo de mi paz fue sobre Él, y que por su llaga fui curado (Isa. 53:5).

¿Alguna vez has visto algo así? ¿Has comprendido cómo Dios puede ser totalmente justo, sin remitir el castigo ni anular el filo de la espada, y a la vez ser infinitamente misericordioso y justificar al impío que acude a Él?

Es porque el Hijo de Dios, supremamente glorioso en Su persona incomparable, se ocupó de vindicar la Ley, cargando con la sentencia que yo merecía, y por consiguiente, Dios puede perdonar mis pecados.

Aquel guía me mostró que la Ley de Dios fue más vindicada por la muerte de Cristo que si todas las transgresiones hubieran sido castigadas para siempre. El hecho de que el Hijo de Dios sufriera por los pecados estableció más gloriosamente el gobierno de Dios que si toda la raza humana hubiera sufrido. Dios fue más glorificado cargando Su justa sentencia contra el pecado sobre Su propio Hijo que ejecutándola sobre todos los hombres. ¡Alabado sea Dios por Su infinita sabiduría!

Cómo niño de nueve años de edad fui iluminado para ver: “¡Jesús cargó con la pena de muerte en nuestro lugar!” ¡Piensa en esta maravilla! Ese es el Amor de Dios que nos constriñe. Allí descubrí la llave más importante de la vida: El Amor de Dios.

 

¡Allí cuelga de la cruz! Este es el cuadro más grandioso que jamás verás: El Hijo de Dios e Hijo del hombre! Allí, está, soportando sufrimientos indecibles – el Justo por los injustos – para acercarnos a Dios. ¡Oh, la gloria de ese cuadro! ¿Te ha mostrado Dios en tu corazón este cuadro? Es el mejor de Su galeria.

¡El Inocente sufriendo! ¡El Santo condenado! ¡El eternamente Bendito hecho maldición! ¡El infinitamente Glorioso sufriendo una muerte vergonzosa! El que creó todas las aguas tuvo sed. El que creó al hombre polvo se puso a su merced. El que nunca podía morir, muriendo. El que gozo en la eternidad la comunión santísima del Padre, allí recibía Su espalda. Entre más contemplo las pinceladas de ese cuadro, más contemplo los sufrimientos del Hijo de Dios, y más seguro estoy que ellos satisfacen mi caso.

¿Para qué sufrió, sino para librarnos del castigo que merecíamos? Entonces, porque el Hijo de Dios nos libró del castigo por Su muerte, estamos libres de él. Jesús tomó toda la copa de la ira justa de Dios en aquel madero, y no dejo una gota, por muy pequeña que sea, para el que cree.

Y los que creemos en Jesucristo no tenemos por qué temer al castigo. No hay castigo eterno sobre el hijo de Dios ya que la expiación hecha está, Dios puede perdonarnos sin que sea sacudido el fundamento de Su trono o sea borrada ni una letra de su libro de estatutos.

Cualquier iniquidad es una ofensa directa contra la misma persona santa de Dios. Cualquier pecado es un ataque directo contra Su verdad. Y porque Dios es de valor infinito, Su ira es infinita contra toda ofensa. La ira de Dios contra la iniquidad, cualesquiera que sea, tiene que ser más terrible de lo que podemos concebir. Bien dijo Moisés: “¡Quién conoce el poder de tu ira!” (Salmo 90:11).

No obstante, cuando escuchamos clamar al Señor de Gloria: “¿Por qué me has desamparado?” (Salmo 22:1) y lo vemos entregar Su espíritu, vemos que la justicia de Dios ha sido vindicada abundantemente por una obediencia tan perfecta y una muerte tan terrible como la que sufrió una Persona tan divina. El pecado contra Dios era infinito, pero la paga de Jesús era infinita también.

¡Qué cuadro de gloria! Todos los ángeles cantan día y noche por lo hermoso de este cuadro. Es tan costoso que nadie lo puede comprar, pero el Padre te lo regala si lo deseas colgar en tu corazón.

Si Dios mismo se inclina ante su propia ley, ¿qué más queda? Hay más en la
expiación por vía del mérito que la que hay en todo el pecado humano por la vía de la falta de mérito. ¿Te atreverías tú a dañar ese cuadro perfecto alegándole tus meritos o actos religiosos?

El gran océano de este sacrificio amoroso del mismo Jesús traga en su totalidad las montañas de nuestro pecado. En el Nombre del bien infinito de este Hombre único que nos representa, el Padre puede mirar con favor a los demás hombres, por más indignos que sean. Fue el milagro de los milagros que el Señor Jesucristo tomara nuestro lugar y cargara, para que nosotros nunca cargáramos, la ira justa de su Padre. Pero así lo hizo. “Consumado es” (Juan 19:30).

Porque no escatimó a Su Hijo, Dios salva al pecador. Dios puede perdonar nuestras transgresiones porque las cargó todas sobre Su Hijo unigénito.

¿Qué es creer en Él? No es meramente decir: “Él es Dios y el Salvador”, sino confiar en Él completa y enteramente, y para toda tu salvación desde ahora y para siempre – tu Señor, tu todo.

Si estás dispuesto a tener al Señor Jesús, Él te tiene ya. Si crees en Él, te aseguro, no puedes irte al infierno, porque eso anularía el sacrificio perfecto de Cristo. Si el Señor Jesús murió en mi lugar, ¿por qué habría yo de morir también?

Cada creyente, por fe, ha confiado en ese sacrificio y lo ha hecho suyo, y, por lo tanto, puede estar seguro de que nunca perecerá. El Señor no recibiría esta ofrenda hecha por nosotros para después condenarnos a morir.

El Señor no puede leer nuestro indulto escrito en la Sangre de Su propio Hijo para luego enviarnos al tormento eterno. ¡Eso sería imposible! ¡Oh, quiera Dios darte la gracia ahora mismo para poner tus miras en Jesús, la fuente de misericordia para el hombre culpable!

¿Entrarás en el museo de la Gracia de Dios? Ciertamente no necesitas arreglarte para entrar allí. Te reciben tal como estas, pero saldrás hecho hijo del Rey. Para entrar sólo necesitas el boleto de la Fe, necesitas creer, y ese boleto se te da gratis en la taquilla. Dios es el único Autor de la Fe.

En el museo de la Gracia encontraras muchas obras maestras. Allí esta el óleo de la vida de Abraham, el amigo de Dios. El cuadro de Enoc, quien le agradó y no vio muerte. También encontraras la ofenda aceptable de Abel, y el carácter valeroso de Ester, en fin tantas maravillas de Su Gracia.

Pero el mejor cuadro de toda la historia de la humanidad, es el de la Expiación. Nada declara mejor la salvación que este. Se encuentra en su prio salón. Allí encontrarás tu salvación.

Mi única esperanza de llegar al cielo, de ser perdonado, de agradarle, de ser aceptado, de ser parte de Su pueblo escogido, de recibir la heredad de Jacob [la gran herencia de Su Espíritu], y de todo descansa en la expiación total hecha en la cruz del Calvario por el impío. En esto confío firmemente.

No tengo ni siquiera un rayo de esperanza en ninguna otra cosa. Tú te encuentras en la misma condición que yo, porque ni tú ni yo tenemos en nosotros mismos nada que pueda ser digno de confianza.

Unamos las manos, parémonos juntos al pie de la cruz y confiemos nuestra alma de una vez para siempre a Aquel que derramó Su sangre por el culpable. Seremos salvos por el único Salvador dados a los hombres, Cristo Jesús.

Pero cuando salí aquel día del Museo, noté algo glorioso había sucedido en mí. Pude ver la Palabra de Dios y Su voluntad como una delicia y un nuevo deseo para obedecerla.

Si la voluntad de Dios no es mi delicia, entonces no podré obedecerla. “Y me regocijaré en tus mandamientos, los cuales he amado. Alzaré asimismo mis manos a tus mandamientos que amé, y meditaré en tus estatutos. Me regocijaré en tus estatutos; no me olvidaré de tus palabras. Pues tus testimonios son mis delicias Y mis consejeros. Guíame por la senda de tus mandamientos, porque en ella tengo mi voluntad. He aquí yo he anhelado tus mandamientos; vivifícame en tu justicia” (Salmo 119:47, 48, 16, 24. 35, 40).

Aquel maravilloso día que recuerdo cómo si fuese ayer, pude ver el Amor de Jesús. Nada fortalece la obediencia que un corazón circuncidado en Su amor. El secreto de amar es vivir siendo amado. ¿Haz leído la oración de Pablo? «Para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones … cimentados en amor» (Efesios 3:17).  

Desde ese día el motor de mi vida se constituyó el Amor de Jesús. PORQUE EL AMOR DE CRISTO NOS CONSTRIÑE, pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron; y por todos murió, PARA QUE LOS QUE VIVEN, YA NO VIVAN PARA SÍ, SINO PARA AQUEL QUE MURIÓ Y RESUCITÓ POR ELLOS” (II Corintios 5:14-15)

En la vida de un creyente es importante saber lo que significa qué el amor de Cristo nos constriñe, o lo que representa que Su amor nos mueve, nos impele, nos apela, y nos seduce.  Sentimos esa constricción cuando pensamos en esto: «Que uno murió por todos, para que los que ahora viven, ya no vivan para sí, sino para Aquel que murió por ellos». 

Entonces, ¿cuándo el amor de Cristo nos constriñe? ¿Cuándo somos movidos hacia Dios?  ¿Cuándo somos impelidos a favor suyo y no sentimos atraídos e impulsados hacia Él? ¿Cuándo es que nace en nosotros la pasión gloriosa de estar todo el tiempo con el Padre?   ¿Cuándo es que experimentamos ese celo ardoroso por nuestro Creador y la necesidad profunda de ir a Él? ¿Cuándo?  Cuando pensamos en la cruz del Calvario, donde uno murió para que todos los hombres adquieran esa pasión; ese celo, ese impulso glorioso que les da la motivación de amor para ir a Dios y darlo todo por Él.

El hombre que no tenga una visión clara del Calvario
jamás podrá entender a Dios, ni su Amor.

La cruz es el emblema del precio que pagó Aquel que bajó y dejó Su trono para exaltarte a ti y a mí a la gloria del Padre.  Ese es el significado de la cruz: el morir para vivir; el humillarse para ser exaltado; el precio pagado por el que estaba cerca para –al separarse- unir a los que estaban lejos; es el cambiar la justicia por el pecado, pues el justo se hizo pecado, para que tú –que eras pecador- ahora seas justicia de Dios en Él. Si no ves ese amor, tu amor por lo demas va a ser limitado, débil, fácil de herir, y se agota.

“Y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado.  Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos.  Ciertamente, apenas morirá alguno por un justo; con todo, pudiera ser que alguno osara morir por el bueno. Mas Dios muestra Su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.”
                                                                                       – Romanos 5:5-8

Si no logras ver el amor de Jesús por ti derramado y demostrado en la cruz, jamás podrás apreciar la salvación y jamás tendrás el motor para vivir la vida cristiana.  El motor de la vida cristiana nunca será tus logros ni tus bienes, tales como tu casa, tus hijos, tu empresa, tu hogar, tus esfuerzos, etc. Si haces de estas cosas el motor de tu vida cristiana, serás defraudado y te hallaras en depresión y desilusión. Si la cruz de Cristo no te mueve, nada te moverá.

El pensamiento que nos mueve a darle todo al Señor es pensar en lo que Dios hizo por nosotros en Cristo. Un hombre jamás se va rendir a Dios si no conoce el precio pagado por él en el Calvario y nunca podrá tener convicción para adorar a Dios si no entiende la magnitud y la profundidad de Su amor. Nadie puede servirle a Dios en obediencia, con denuedo, con consagración, rindiéndole todo a Él, hasta que no entienda que el Señor lo dio todo por él.  El Señor manifestó Su amor de una manera perfecta, gloriosa, de una forma impactante, para que nosotros tengamos una profunda evidencia de lo que Él hizo, y podamos darle todo a Él con convicción.  

Ese es el Cuadro Glorioso y maravilloso de la Expiación. Me cambio a mí hace más de cuarenta años, y aún sigue cambiándome. Me hizo hijo de Dios desde  ese día, y encaminó mis pasos a una vida extraordinaria.

¿Quieres ver tú ese Cuadro? Pídele al Padre en oración que te lo revele.

 

                                     

                                      En Su expiación …
                                                                                 Dr. Johel LaFaurie  

   

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