MEDITACION
 

Rogar por Prosperidad
Septiembre 9, 2010

Oh Jehová, sálvanos ahora, te ruego; Te ruego, oh Jehová, que nos hagas prosperar ahora.” – Salmo 118:25

¿Ruegas tú a Dios por prosperidad? David lo hizo.

 

a palabra hebrea Anná [h577] es una incitación y súplica, que por lo general se puede traducir te ruego ahora. No es una palabra frecuente pero es muy importante. Sólo once veces es esta palabra usada en el Antiguo Testamento. Y es una palabra muy importante porque expresa la intensidad emocional y urgencia por una petición.

Cuando los hermanos de José le rogaron perdón por su intento de matarlo, ellos usaron esta palabra: “Así diréis a José: Te ruego que perdones ahora la maldad de tus hermanos y su pecado, porque mal te trataron; por tanto, ahora te rogamos que perdones la maldad de los siervos del Dios de tu padre. Y José lloró mientras hablaban.” (Génesis 50:17).

Cuando Moisés rogó a Dios perdón a Dios por los pecados de Israel, anná fue el clamor de urgencia en su corazón. “Entonces volvió Moisés a Jehová, y dijo: Te ruego, pues este pueblo ha cometido un gran pecado, porque se hicieron dioses de oro, que perdones ahora su pecado, y si no, ráeme ahora de tu libro que has escrito” (Éxodo 32:31-32)

Cuando Ezequías rogó a Dios por su vida, y Dios le agregó otros quince años, anná llenó sus labios de clamor. “En aquellos días Ezequías cayó enfermo de muerte. Y vino a él el profeta Isaías hijo de Amoz, y le dijo: Jehová dice así: Ordena tu casa, porque morirás, y no vivirás. Entonces él volvió su rostro a la pared y oró a Jehová y dijo: Te ruego, oh Jehová, te ruego que hagas memoria de que he andado delante de ti en verdad y con íntegro corazón, y que he hecho las cosas que te agradan. Y lloró Ezequías con gran lloro” (II Reyes 22:1-3; véase Isaías 38:1-3)).

Cuando Nehemías supo de la condición de la ciudad santa, Jerusalén, de sus puertas quemadas y sus muros destruidos y en gran desolación, él rogó a Dios por el perdón de los pecados de su pueblo y rogó por éxito y victoria para la campaña de reconstrucción, y Dios se lo concedió. “Y dije: Te ruego, oh Jehová, Dios de los cielos, fuerte, grande y temible, que guarda el pacto y la misericordia a los que le aman y guardan sus mandamientos; esté ahora atento tu oído y abiertos tus ojos para oír la oración de tu siervo, que hago ahora delante de ti día y noche, por los hijos de Israel tus siervos; y confieso los pecados de los hijos de Israel que hemos cometido contra ti; sí, yo y la casa de mi padre hemos pecado… Te ruego, oh Jehová, esté ahora atento tu oído a la oración de tu siervo, y a la oración de tus siervos, quienes desean reverenciar tu nombre; concede ahora buen éxito a tu siervo, y dale gracia delante de aquel varón. Porque yo servía de copero al rey” (Nehemías 1:5,6,11)

De igual manera Jonás e Isaías expresaron la intensidad que sintieron en sus corazones usando esta palabra. Así que la historia de anná es formidable.

Y así llegamos al ruego de David en este salmo 118, “Oh Jehová, sálvanos ahora, te ruego; Te ruego, oh Jehová, que nos hagas prosperar ahora.”

David ruega a Dios que envié prosperidad. No es una mención casual de ayuda con los planes ni es una petición de asistencia en un proyecto. Más bien es un ruego intenso y urgente para que Dios haga lo que sólo Dios puede hacer: ¡Traer victoria!

Anná se usa sólo para Dios. Sólo Él puede traer victoria en casos imposibles. Este era el caso de los hombres en la barca con Jonás. En medio de aquella fuerte tormenta, la muerte era inminente para toda la tripulación, pero aún aquellos hombre paganos clamaron a Jehová: “Y aquellos hombres trabajaron para hacer volver la nave a tierra; mas no pudieron, porque el mar se iba embraveciendo más y más contra ellos. Entonces clamaron a Jehová y dijeron: Te rogamos ahora, Jehová, que no perezcamos nosotros por la vida de este hombre, ni pongas sobre nosotros la sangre inocente; porque tú, Jehová, has hecho como has querido” (Jonás 1:13-14). Y Dios guardó sus vidas y la embarcación.

¿Crees que el destino de tu vida depende de ti? ¿Crees tú que lograrlo depende de tus esfuerzos? Una vida que agrada a Dios y que trae gloria a Su nombre es el resultado de conocer la urgencia y dependencia de Su poder cada día. Continuamente necesitamos Anná

David nos enseña la verdad y sabiduría en este asunto: La prosperidad y victoria no pertenece al más fuerte sino al más humilde. El éxito se alcanza sobre nuestras rodillas delante el Trono de Dios.

“Si Jehová no edificare la casa, En vano trabajan los que la edifican; Si Jehová no guardare la ciudad, En vano vela la guardia. Por demás es que os levantéis de madrugada, y vayáis tarde a reposar, Y que comáis pan de dolores; Pues que a su amado dará Dios el sueño.” – Salmo 127:1-2)

¿Cuánta intensidad y urgencia tiene tu ruego por victoria y éxito? ¿Con cuanto fervor te has presentado delante de Dios? ¿Has sido seducido por la cultura que propaga la mentira de la auto dependencia? ¿Has sido una victima de la fortaleza que el destino está en tu control?

Tienes dos caminos, dos opciones. Puedes ir hacia delante en tus habilidades, esfuerzo y creatividad, o puedes postrarte sobre tus rodillas delante del Todopoderoso Dios y rogar Su favor: “Te ruego que me hagas prosperar ahora.”

Esta última opción fue la que tomó Jabes: “E invocó Jabes al Dios de Israel, diciendo: ¡Oh, si me dieras bendición, y ensancharas mi territorio, y si tu mano estuviera conmigo, y me libraras de mal, para que no me dañe! Y le otorgó Dios lo que pidió” (I Crónicas 4:10).

Pero esta maravillosa palabra Anná tiene una historia más asociada a ella.

Cuando Jesús entró triunfalmente a Jerusalén, anná llenó los gritos de clamor de la multitud. Ellos gritaban Hos anná, te rogamos que nos salves ahora.

Los gritos de sálvanos ahora (en hebreo, Hosanna ), proferidos por la multitud, constituían un reconocimiento de que Jesús, cuya entrada a Jerusalén celebraban, era el Señor y que sólo Él puede salvar; Él es Dios.

“Y los discípulos fueron, e hicieron como Jesús les mandó; y trajeron el asna y el pollino, y pusieron sobre ellos sus mantos; y él se sentó encima. Y la multitud, que era muy numerosa, tendía sus mantos en el camino; y otros cortaban ramas de los árboles, y las tendían en el camino. Y la gente que iba delante y la que iba detrás aclamaba, diciendo: ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!”                                                          – Mateo 21:6-9

Aquella gran exclamación de «¡Hosanna!» (que significa «¡salva ahora!») era el cumplimiento total de la profecía de Zacarías 9:9. La multitud hablaba del regreso del reino de David basándose en las palabras de Dios al salmista en 2 Samuel 7:12–14. Veían muy bien en Jesús el cumplimiento de esas profecías, aunque no entendían la proyección que tendría el Reino de Cristo.

Hosanna era más que un grito de aclamación; equivalía al ruego de un pueblo oprimido dirigido a su Salvador para que éste le diera la libertad. Más tarde se convirtió en una exclamación de alabanza. El Salmo 118:25-26, del cual fue tomada la frase, es mesiánico. Por lo tanto, la gente estaba públicamente reconociendo a Jesús como el Mesías.

Cuando Jesús entró en la ciudad, proclamó su calidad de Rey, pero también firmó Su sentencia de muerte. Cabe aclarar que la idea popular de que «la multitud que clamaba "¡Hosanna!" el domingo de ramos acabó gritando "¡crucifícale!" en el viernes santo» no es verdad. Fueron principalmente los judíos de Jerusalén, influidos por los principales sacerdotes, los que pidieron la sangre de Jesús (Mateo 27:20).

Jesús vino a traer paz, pero la gente le rechazó y declaró la guerra. ¡Desperdiciaron su oportunidad! No hay paz en la tierra, pero hay paz en el cielo debido a la obra de Cristo en la cruz. “Cuando llegaban ya cerca de la bajada del monte de los Olivos, toda la multitud de los discípulos, gozándose, comenzó a alabar a Dios a grandes voces por todas las maravillas que habían visto, diciendo: ¡Bendito el rey que viene en el nombre del Señor; paz en el cielo, y gloria en las alturas!” (Lucas 19:37-38).

 Y hay paz con Dios para los que confían en el Salvador. Él dijo a la mujer pecadora que entró en casa de Simón, el fariseo: “Tu fe te ha salvado, ve en paz”  (Lucas 7:50). Él le dijo a la mujer de flujo de sangre oprimida por tantos años, “Hija, tu fe te ha salvado; ve en paz” (Lucas 8:48).

Y el Padre te dice a ti, si crees en Su Hijo Jesucristo: “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Romanos 5:1).

Oh, que podamos gritar con intensidad y urgencia cada día a nuestro Salvador Jesucristo, el verdadero Anná de Dios:

“Oh Jehová, sálvanos ahora, te ruego; Te ruego, oh Jehová, que nos hagas prosperar ahora.” – Salmo 118:25

                                      En Su Gracia …
                                                                                 Dr. Johel LaFaurie  
   

Regresar a Meditaciones_ Regresar a Meditaciones___________________________________________________Volver Arriba_ Regresar Arriba