MEDITACION
 

Sólo hay dos posibilidades:
Somos esclavos del pecado o somos esclavos de la justicia
Octubre 28, 2010

¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia? BBBBBBBBBBBBBBBBBBBBBBBBBBBBBBBBBBBBBBBBBBBBBBBBBBBBBB        - Romanos 6:16

 

ólo hay dos posibilidades: Somos esclavos del pecado o somos esclavos de la justicia.

 

Veamos la primera posibilidad: Esclavos del Pecado

Un siervo o esclavo no tiene ningún derecho, vive para otro que tiene autoridad sobre él. Los que pertenecemos a Cristo podemos dar gracias a Dios, porque éramos esclavos del pecado y ahora somos siervos de Jesucristo. Hemos llegado a conocer al Señor Jesús, por no decir, que Dios nos llevó a conocerle. Jesús es nuestro Modelo y Meta, de quien podemos aprender cómo debe comportarse un esclavo de la justicia.

Antes hacíamos cosas inmundas, sucias, y vivíamos en la iniquidad. Vivir en la iniquidad significa que no reconocíamos ninguna autoridad, no escuchábamos a nadie. Vivíamos para nosotros mismos y fijábamos nuestras propias normas. Aunque creíamos que éramos libres, en realidad éramos esclavos, así como lo son todavía las personas sin Dios.

Si nos colocamos al servicio de la obediencia, para hacer lo que Dios dice, eso se reflejará en nuestra vida, en donde, en nuestra vida práctica tendremos en cuenta la voluntad de Dios y lo mostraremos haciendo cosas justas y agradables para Él. Al servir a la justicia, tenemos como objetivo la santificación. “Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna” (v. 22).

Santificación significa vivir sólo para Dios, consagrados para Él, separados de todo mal. Vivir en santificación no es andar con una aureola sobre la cabeza, sino vivir separados del mundo y de sus falsos gozos porque no compartimos nada con él.

El Hombre sin Dios es esclavo del Pecado
Romanos 1:22-23 dice, “Profesando ser sabios, se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles.”

Según este pasaje, vemos que el hombre no es una criatura que va mejorándose poco a poco, como lo pretenden aquellos que sostienen la teoría de la evolución o los arminianos, quienes piensan que el hombre es caído pero puede buscar a Dios.

Al contrario, Dios describe claramente la hondura de la caída del hombre después de que éste le dio la espalda: “Profesando ser sabios, se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible”.

Debe quedar bien claro que Dios no hizo malo al hombre. En Génesis 1:31 dice: “Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera”. Este “todo” incluía al hombre. Pero si el hombre abandona su relación con Dios, entonces Dios le abandona a su suerte.

Si el hombre no reconoce la gloria del Dios incorruptible y coloca en su lugar algo que se parece a un hombre o un animal, perecedero, entonces Dios le entrega a la inmundicia, según las concupiscencias de su corazón.

Y a las personas que cambian la verdad de Dios por la mentira, Él los entrega a pasiones vergonzosas, tanto a los hombres como a las mujeres. Hoy en día se habla mucho de ello como si se tratara de algo normal, que puede y debe aceptarse. Realmente los sabios y expertos se han hecho necios al aceptar y promover la promiscuidad sexual como norma aceptable de conducta.

Pero Romanos 1:27 dice que en sus actos vergonzosos han “recibido en sí mismos la retribución debida a su extravío.” Este es un juicio de Dios, donde Dios juzga sus maldades. Es el resultado cuando se honra y se da culto a las criaturas antes que al Creador. “Por lo cual también Dios los entregó a la inmundicia… Por esto Dios los entregó a pasiones vergonzosas…” (Romanos 1:24, 26).

Dios creó al hombre para que éste le honrara a Él y le rindiera culto. Una persona sólo puede realizarse plenamente y cumplir su propósito si vive para Dios. Así es la constitución de la naturaleza humana: Si se acerca a su Creador, experimenta su mayor alegría y felicidad.  

Pero si el hombre vive sin preocuparse por Dios, Él le entrega a una vida de relaciones antinaturales como las que Pablo describe en esta porción.

En Romanos 1:28 hay una tercera forma en la cual Dios entrega a los hombres a sí mismos. Como excluyeron a Dios de su pensamiento, Él los entregó a una mente equivocada. “Y como ellos no aprobaron tener en cuenta a Dios, Dios los entregó a una mente reprobada [adókinos], para hacer cosas que no convienen”.

La Palabra griega adókinos [g96] significa no aprobado, rechazado, por implicación, indigno. Es una descripción muy seria. Ciertamente es una naturaleza sólo para hacer cosas que no convienen.

Sin duda se nos viene a la memoria con vergüenza algunas cosas que hemos hecho, pero ¿qué ganamos con ellas?, sólo “la muerte” y no el gozo y la felicidad que esperábamos encontrar.

Todas esas cosas mencionadas habitan en el corazón de una persona que vive sin Dios y se traducen en su comportamiento. Para sí mismo, y para su prójimo, sólo produce resultados que corresponden a “la muerte”.

En el fondo de su corazón los hombres sí saben lo que Dios piensa al respecto, pero no hacen caso de Él. Siguen muy tranquilos con su vida pecaminosa y, además, expresan su aprobación sobre los que viven de la misma manera.

 

El Hombre Redimido pero Vendido al Pecado
Después que Dios llama a la salvación a un hombre pecador, este recibe una nueva naturaleza, donde Cristo es formado en él, pero continúa con su antigua naturaleza vendida al pecado.

El apóstol Pablo describiéndose a sí mismo nos ilustra esto: “Porque sabemos que la ley es espiritual; mas yo soy carnal, vendido al pecado”  (Romanos 7:14).

Estos versículos se han comparado con los vanos esfuerzos de un hombre atrapado en arenas movedizas. Cada movimiento que hace para liberarse lo hunde aún más. Al verse perdido, grita pidiendo socorro.

Moralmente, este drama ilustra la historia de muchos hijos de Dios durante el período que sigue a su conversión. El recién convertido sufre cada vez más una nueva derrota, se hunde más y más. Vuelve a hacer lo que aborrece, aunque desea tanto hacer el bien.

El apóstol se pone en el lugar de tal creyente y nos describe su desesperación: Por un lado, si no fuese salvo, no tendría estas luchas, y por otro lado, siendo ahora salvo, no encuentra su felicidad en la ley de Dios, ya que hay en él todavía la naturaleza que lo arrastra a lo malo.

«¡Ay!», exclama este hombre. «En lugar de ir de progreso en progreso, me siento cada día más malo. He descubierto sucesivamente que estaba “bajo pecado” (Romanos 3:9), que éste reinaba sobre mí (5:21), que me dominaba (6:14), que me tenía cautivo (7:23) y que “mora en mí” (7:17, 20), tal como una enfermedad insidiosa que hubiera tomado posesión de mis centros vitales. Cuerpo de muerte, ¿quién me liberará de él? Yo me reconozco incapaz, sin fuerzas; estoy dispuesto a obedecer y deleitarme en Dios, pero soy vencido una y otra vez. ¡Miserable de mí!, ¿quién me librará de este cuerpo de muerte» (7:24).

Obsérvese que Pablo no está pidiendo liberación de la condena del pecado ni de su culpa, porque él se siente perdonado, aceptado por Dios; se siente hijo; pero sí pide liberación del poder del pecado en su cuerpo. Su cuerpo no redimido aún, esta sujeto a las pasiones carnales.

Además él dice, “¿Quién me librará” y no dice “¿Quién me libre?, porque él reconoce que necesita una liberación continua, cada día.

Si de verdad queremos vivir con Dios y el Señor Jesús, nosotros también necesitamos esta experiencia de Pablo, de ver el fracaso de nuestros propios esfuerzos contra la naturaleza de pecado residente en uno. Necesitamos venir a esa tierra movediza, donde a pesar de todo lo que hagamos, más nos hundimos, hasta que gritemos: «¡Miserable de mí!, ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?»

 

Veamos la segunda posibilidad: Esclavos de la Justicia.
Ya vimos al hombre natural, sin Dios, el cual es esclavo del pecado, y también vimos al hombre regenerado, con Dios, pero vendido al pecado. Ahora veremos al hombre espiritual, este es el hombre redimido pero sujeto al Espíritu.

La lucha que Pablo nos planteo en Romanos 7 no significa que tenga que durar toda la vida, pues hay un remedio: Desde el momento en que no espero más nada de mí, puedo esperarlo todo de Cristo. El remedio es andar conforme al Espíritu.

”Para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu”(Romanos 8:4).

La nueva fuente de poder, el Espíritu, actúa desde la conversión del creyente. Si nos dejamos dirigir por Él, también cumpliremos las exigencias justas de la ley; haremos lo que Dios dice en su Palabra.

Andar conforme al Espíritu significa que, en nuestra vida, damos el primer lugar al Espíritu y que Él llena nuestro pensamiento. Las cosas por las cuales nos dejamos guiar se reflejan en nuestra forma de pensar y de actuar.

¿Cuáles son nuestros anhelos? Los que hemos sido convertidos, tenemos una vida nueva; hemos recibido el Espíritu Santo. A pesar de la lucha que aún tenemos, nos interesamos en cosas muy distintas que antes de nuestra conversión. Antes pensábamos en cosas terrenales “conforme a la carne”; nuestra vida se centraba en nosotros mismos. ¿Cuál era el resultado de ello? Nada más que la muerte.

Pero desde la conversión, los creyentes pensamos en cosas celestiales y la vida se centra en Dios. ¿Cuál es el resultado de esto? ¡Vida y paz! “Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz” (Romanos 8:6).

Recibimos en nuestro interior la vida auténtica y verdadera, y esta vida sale a flote y se hace visible en la forma de vivir. Apreciamos las cosas que nos rodean de una manera muy distinta, la vida ha adquirido sentido.

Hay paz en el corazón porque todo está arreglado con Dios (Romanos 5:1-2). Y experimentamos esa paz profunda si nos entregamos a Dios en todos los aspectos de nuestra vida, es decir, si permanecemos dirigidos por Él.

Oh, que cada día vivamos sujetos al Espíritu de Dios.

“Padre, aquí está mi vida, la quiero vivir según tu voluntad y para Tu Gloria. Reconozco que no lo puedo hacer por mi mismo, que todos mis esfuerzos son inútiles. Sé que fui salvo por la fe en Tu gracia y reconozco que continuo sendo salvo cada día por fe en tu gracia. Quiero la vida de Cristo, sujeto totalmente a Ti, haciendo Tu voluntad santa y justa. Es mi deleite vivir para Ti. En Tu Hijo amado y para Tu gloria. Amen.”

 

                                     

                                      En Su Espíritu …
                                                                                 Dr. Johel LaFaurie  

   

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